Existen seres espirituales creados por Dios
El símbolo de los apóstoles profesa que Dios el “Creador del cielo y de la tierra”, y el símbolo de Nicea Constantinopla explicita “de lo visible y lo invisible”.
En la sagrada Escritura, la expresión cielo y tierra significa: todo lo que existe, la creación entera. Indica también el lugar, al interior de la Creación, que a la vez une y distingue el cielo y tierra: “la tierra” es el mundo de los hombres. El “cielo o “los cielos pueden designar el firmamento, pero también el “lugar” propio de Dios: nuestro padre “en los cielos” y, en consecuencia, el cielo es, también, la gloria escatológica. Finalmente, el término “cielo” indica el “lugar” de las criaturas espirituales – los ángeles- que rodean a Dios.
La profesión de fe del cuarto concilio de Letrán, afirma que Dios “creó simultáneamente, de la nada, una y otra criaturas, la espiritual y la corporal, es decir los ángeles y el mundo terrestre, luego la criatura humana, que posee de ambos, compuesta, como es, de espíritu y de cuerpo”.
La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada designa habitualmente como ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es igual de rotundo que la Tradición.
¿Quiénes son?
San Agustín dice respecto de ellos: “Ángel” designa la función no la naturaleza. ¿Preguntas cómo se llama esta naturaleza? Espíritu. ¿Preguntas la función? Ángel; a partir de lo que es e un espíritu; a partir de lo que hace es un ángel. “Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajes de Dios. Porque contemplan “constantemente la faz de mi Padre que está en los cielos”, son “los obreros de su palabra, atentos al sonido de su palabra. En tanto que creaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad; son criaturas personales e inmortales. Sobrepasan en perfección a todas las criaturas visibles. La explosión de su gloria da testimonio de ello.
Cristo “con todos sus ángeles”
Cristo es el centro del mundo angélico. Los ángeles le pertenecen: “Cuando el hijo del hombre venga con todos sus ángeles…” Porque en Él han sido creadas todas las cosas, en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, señoríos, principados, potencias; todo ha sido creado por Él y para Él”. Le pertenecen, también, porque los ha constituido mensajeros de su designio de salvación. ¿Acaso no son espíritus a los que se ha confiado un ministerio, enviados a servir a todos aquellos que deben heredar la salvación?”.
Están ahí desde la creación y a todo lo largo de la historia de la salvación, anunciado de lejos o de cerca esta salvación, y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrestre, protegen a Lot, salvan a Agar y a su hijo, detienen la mano de Abraham, la ley es comunicada por su ministerio, conducen al pueblo de Dios, anuncian nacimientos y vocaciones, asisten a los profetas, sólo por citar algunos ejemplos.
Finalmente, es Gabriel quien anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús mismo.
De la Encarnación a la Ascensión la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cundo Dios “introdujo al primer nacido en el mundo, dio: “que todos los ángeles de Dios le adoren”. Su canto de alabanza en el en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: “Gloria a Dios…” Protegen la infancia de Jesús, le sirven en el desierto, lo reconfortan durante su agonía cuando pudo ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos, como en otro tiempo hicieron con Israel. Además, son ellos, los ángeles, los que “evangelizan” anunciando la Buena Nueva de la encarnación y de de la Resurrección de Cristo. Estarán ahí cuando regrese el Cristo que anuncian, al servicio de su juicio.
Los ángeles en la vida de la Iglesia.
Toda la vida de la Iglesia se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles.
En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dos tres veces Santo; invoca su asistencia (tanto en el Suplices te rogamus, del canon romano, como en In paradisum deducant te angeli… de la liturgia de difuntos, o también como en el himno querubínico de la liturgia bizantina, festeja, de manera particular la memoria de algunos ángeles (san Miguel, san Gabriel y san Rafael, los ángeles guardianes).
Desde la infancia al tránsito, la vida humana esta rodeada de su protección y de su intercesión. “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida. Desde aquí, la vida cristiana participa en bienaventurada sociedad de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.
Capítulo II
Existencia y naturaleza de los ángeles
Los que nos enseña la revelación
(Juan Pablo II, Audiencia General del 9 de Julio de 1986)
Nuestra catequesis sobre Dios, Creador del mundo, no puede concluirse sin consagrar una atención particular a un contenido preciso de la revelación divina: la creación de los seres puramente espirituales que la Sagrada Escritura llama “ángeles”. Esta creación aparece claramente en los símbolos de la fe, en particular en el de Nicea-Constantinopla: “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas (es decir: entidades o seres) visibles e invisibles”. Sabemos que al interior de la creación, el hombre disfruta de una posición especial; gracias a su cuerpo pertenece al mundo visible, mientras que por su alma espiritual, que vivifica el cuerpo, se sitúa casi en la frontera entre la creación visible y la creación invisible. Según el Credo que profesa la Iglesia, a la luz de la Revelación, otros seres pertenecen a la creación invisible. Estos seres puramente espirituales no forman parte del universo visible, aunque se encuentren presentes y activos. Constituyen un mundo específico. En la actualidad, como en tiempos pasados, se discute con mayor o menor sabiduría, sobre estos seres espirituales. Hay que reconocer que, algunas veces, la confusión es grande y trae como consecuencia el riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia lo que no pertenece a la fe, o viceversa, descuidar los aspectos importantes de la verdad revelada. La existencia de los seres espirituales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente “ángeles” fue ya negada en tiempos de Cristo por los saduceos. Los materialistas y los racionalistas de todos los tiempos la niegan también. Sin embargo, como lo observa con agudeza un teólogo moderno: Si queremos liberarnos de los ángeles habría sería necesario revisar de manera radical la Sagrada Escritura misma, y con ella toda la historia de la salvación”. Toda la Tradición es unánime a este respecto. El Credo de la Iglesia es en el fondo un eco de lo que Pablo escribía a los colosenses: “porque es en el (Cristo) que han sido creadas todas las cosas, en los cielos y en la atierra, las visibles y las invisibles: tronos, señoríos, principados, potencias; todo ha sido creado por Él y para Él” es decir, Cristo en tanto que Hijo-Verbo eterno y consubstancial al Padre, es el “Primer Nacido” de toda criatura”, está al centro del universo, como causa y sostén de toda la creación, como lo hemos visto ya en las catequesis precedentes y volveremos a ver cuando hablemos más directamente de Él.
La referencia al primado de Cristo nos ayuda a comprender que la verdad sobre la existencia y la acción de los ángeles (buenos y malos) no constituye el contenido central de la palabra de Dios. En la Revelación Dios habla, primeramente “a los hombres (…) y dialoga con ellos para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él”. De esta manera, “la verdad profunda (…) tanto sobre Dios como sobre la salvación del hombre” es el contenido central de la Revelación que “resplandece” más plenamente en la persona de Cristo. La verdad sobre los ángeles es en un sentido “colateral”, aunque inseparable de la revelación central, que es la existencia, la majestad y la gloria del Creador, que resplandecen en toda la creación “visible” e “invisible” y en la acción salvífica de Dios en la historia del hombre. Los ángeles no son criaturas de primer plano en la realidad de la Revelación, toda vez que forman parte de ella plenamente, aunque en ciertos momentos, los veamos cumplir labores fundamentales en nombre de Dios mismo.
Una manifestación de la providencia divina:
Según la Revelación, todo lo que pertenece a la creación, entra en el misterio de la divina providencia. Vaticano I, que hemos citado varias veces, lo afirma de una manera ejemplar y concisa: “Todo lo que ha creado, Dios lo conserva y lo gobierna por su providencia. ‘Ella despliega su fuerza de un extremo al otro del mundo, y rige el universo de una manera benefactora’. ‘Todo está desnudo y descubierto a sus ojos’, aun lo que ocurrirá por libre iniciativa de las criaturas”, La Providencia abarca, pues, también el mundo de los espíritus puros, que son seres racionales y libres, aun más plenamente que los hombres. Encontramos en la sagrada Escritura preciosas indicaciones que les conciernen. Ahí encontramos, igualmente, la revelación de un drama misterioso, y sin embargo real, que toca a las criaturas angélicas, sin que nada escape a la sabiduría eterna, que con fuerza y al mismo tiempo con bondad, conduce todo a su culminación en el Reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Reconozcamos ante todo que la Providencia, como amorosa sabiduría de Dios, se manifestó precisamente por la creación de de seres puramente espirituales, a través de los cuales se expresa mejor la semejanza de Dios en aquellos que sobrepasan de tal manera todo lo que es creado en el mundo visible juntamente con el hombre, él también imagen indeleble de Dios. Dios, que es un espíritu absolutamente perfecto, se refleja de una manera especial en los seres espirituales que, por su naturaleza, es decir, a causa de su espiritualidad, le son mucho más próximos que las criaturas materiales, y que constituyen casi el “medio” más cercano al Creador. La sagrada Escritura ofrece un testimonio bastante explícito de esta extrema proximidad de los ángeles con Dios, de la que habla con un lenguaje figurado, como de “trono” de Dios, de sus “ejércitos”, de su “cielo”. Ella ha inspirado la poesía y el arte de los siglos cristianos que nos presentan a los ángeles como “la corte de Dios”.
Inmaterialidad e inmortalidad de los Ángeles
(Juan Pablo II, Audiencia General del 6 de Agosto de 1986)
Hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. La Iglesia ha creído esto desde el principio. Lo ha expresado en símbolo de Nicea-Constantinopla, y lo confirmó en el Concilio de Letrán IV (1215). Su formulación fue retomada por el Concilio Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: Dios “creó conjuntamente de la nada, desde el origen de los tiempos, una y otra creatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la terrestre, por consecuencia, creo la naturaleza humana como común a una y a otra, estando constituida de espíritu y de cuerpo”. Es decir, que Dios creó en realidad ambas desde el origen: la espiritual y la corporal, el mundo terrestre y el mundo angélico. Todo eso lo creó, al mismo tiempo, en relación al hombre, constituido de espíritu y materia y colocado, según el relato bíblico, en el marco de un mundo ya establecido según las leyes y medido por el tiempo.
A la vez que reconoce su existencia, la fe de la Iglesia reconoce ciertos rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su ser puramente espiritual implica, primeramente, su inmaterialidad y su inmortalidad. Los ángeles no tienen “cuerpo” (aun si en circunstancias determinadas se manifiestan bajo forma visible en razón de su misión a favor de los hombres), no están sometidos a la ley de la corrupción común al mundo material entero. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados “no pueden volver a morir, porque son semejantes a los ángeles”.
Seres personales y agrupados en coros
En tanto que creaturas de naturaleza espiritual, los ángeles están dotados de inteligencia y de voluntad libre, como el hombre, pero en un grado superior al suyo, aun cuando siempre están marcados por el límite inherente a todas las creaturas. Los ángeles son, pues, creaturas personales y como tales, igualmente, “a imagen y semejanza” de Dios. La sagrada Escritura se refiere a los ángeles dándoles incluso nombres no sólo personales sino (tales los nombres propios de Rafael, Gabriel, Miguel) “colectivos” (tales los calificativos de: serafines, querubines tronos, potencias, dominaciones, principados), de la misma manera que aplica una distinción entre ángeles y arcángeles. A la vez que tiene presente el lenguaje analógico y representativo del texto sagrado, podemos deducir que esos seres-personas, cuasi reagrupados en sociedad, se subdividen en órdenes y grados, que responden a la medida de su perfección y a los cargos que les son confiados. Los autores antiguos y la liturgia misma hablan, también, de los coros angélicos (nueve según Dionisio el Areopagita). La Teología, en particular la patrística y la medieval, no ha rechazado estas representaciones que buscan, por el contrario, a dar una explicación doctrinal y mística, pero son atribuirles un valor absoluto. Santo Tomás prefirió profundizar las investigaciones sobre la condición ontológica, sobre la actividad cognitiva y volitiva y sobre la actividad cognitiva y sobre la elevación espiritual de esas creaturas puramente espirituales, tanto por su dignidad en la escala de los seres como por el hecho de poder, en ellas mismas, profundizar las facultades y las actividades propias del espíritu en estado puro, sacando una gran luz para iluminar los problemas de fondo que desde siempre agitan y estimulan el pensamiento humano: el conocimiento, el amor, la libertad, la docilidad a Dios, la realización de su reino.
Libres e inteligentes
(Juan Pablo II, Audiencia General del 23 de julio de 1986)
En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados, desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad, de una manera más total y perfecta que para el hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, pues para los ángeles también, la libertad significa la posibilidad de hacer una elección en favor o contra el Bien que conocen, es decir Dios mismo. Es necesario volver a decir, lo que ya hemos recordado en tiempo oportuno, respecto del hombre: al crear los seres libres, Dios quiso que se realzara en el mundo este amor verdadero que no es posible sino sobre la base de la libertad. Quiso, pues, que la creatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiese, de la manera más plena y posible, volverse semejante a Él, Dios que “es amor”. Creando los espíritus puros como seres libres, Dios, en su Providencia no podía sino prever igualmente la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es sabiduría eterna que ama, Dios podría retirar de la historia de ese pecado, incomparablemente más radical en tanto que pecado de un puro espíritu, el bien definitivo de todo el cosmos creado.
Su elección decisiva e irrevocable
En efecto, como lo dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros se muestra divido en buenos y malos. Aunque esta división no fue creada por Dios, sobre la base de la libertad propia de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos, se operó a través de la elección que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y que es irreversible, visto el grado intuitivo y de penetración del bien del que está dotada su inteligencia. A este respecto, hay que decir, igualmente, que los espíritus puros fueron sometidos a una prueba de carácter moral. Fue una elección decisiva que miraba primeramente a Dios, un Dios conocido de una manera más esencial y directa que no es posible al hombre, un Dios que había dado el don a esos seres, antes que al hombre, de participar en su naturaleza divina.
En el caso de los espíritus puros, la elección decisiva concernía primero a Dios mismo, primer y supremo Bien, acogido o rechazado de manera más esencial y directa de lo que podría ocurrir en el radio de acción de la voluntad libre del hombre. Los espíritus puros poseen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el del hombre, porque por el poder de su inteligencia, no condicionada ni limitada por la mediación del conocimiento sensible, ven totalmente la grandeza del Ser infinito, de la verdad primera, del Bien supremo. A esta sublime facultad de conocimiento de los espíritus puros, Dios ofrece el misterio de su divinidad, volviéndolos así participantes, mediante la gracia, de su gloria infinita. Precisamente, en tanto que seres de naturaleza espiritual, en su inteligencia se encontraban la facultad, el deseo de esta elevación sobrenatural a la cual Dios los había llamado, para hacer de ellos, mucho antes que el hombre, “participantes de la naturaleza divina”, participantes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que en la comunión de las tres Divinas Personas “es Amor”. Dios había admitido a todos los espíritus, mucho antes que al hombre a la eterna comunión del amor.
Los buenos y los malos ángeles
La elección decidida sobre la base de la verdad sobre Dios, como bajo una forma superior en razón de la penetración de su inteligencia, incluso dividió el mundo de los espíritus puros en buenos y malos. Los buenos eligieron a Dios como Bien supremo y definitivo, conocido a la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber elegido a Dios quiere decir que se dirigieron hacia él con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza interior que es amor. Dios se convirtió en el objetivo total y definitivo de su existencia espiritual. Los otros, por el contrario, volvieron la espalda a Dios contra la veras que indicaba en Él el bien total y definitivo. Eligieron contra la revelación del misterio del Dios, contra su gracia que los hacía participantes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios en su comunión con Él por el Amor. Sobre la base de su libertad creada operaron una elección radical e irreversible, a la manera de los buenos ángeles, pero diametralmente opuesta: en lugar de una acogida de Dios, llena de amor, le opusieron un rechazo inspirado por un falso sentimiento de autosuficiencia, de aversión e incluso de odio que se convirtió en rebelión.
¿Cómo comprender tal oposición y revuelta contra Dios en los seres dotados de una inteligencia tan viva, y enriquecidos por tantas luces? ¿Cuál puede ser el motivo de una elección contra Dios tan radical e irreversible? ¿De un odio tan profundo al punto de parecer únicamente fruto de locura? Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de un “enceguecimiento” producido por la sobreestimación de la perfección del ser propio, llevada al punto de velar la supremacía de Dios, que, por el contrario, exigía un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece contenido de una manera concisa en la expresión “¡No serviré!”, que manifiesta el rechazo radical e irreversible a participar en la construcción del Reino de Dios en el mundo creado. “Satán”, espíritu rebelde, quiere que su propio reino, no el de Dios, y se erige como el primer “adversario” del Creador, opositor de la Providencia, antagonista de la sabiduría amante de Dios. De la rebelión y del pecado de Satán, como también del hombre, debemos concluir, aceptando la sabia experiencia de la escritura que afirma: “el orgullo es una causa de ruina”. Es el orgullo que los ha perdido. Que aquello nos sirva de lección, queridos hermanos y hermanas: recordemos que el orgullo trae consigo la ruina, y que nuestra vocación es amar a Dios y servirlo con todo el amor del que seamos capaces.
Capítulo III
Rol y Misión de los Ángeles
Una función de mediación entre Dios y los hombres
(Juan Pablo II, Audiencia General, del 30 de Julio de l986)
En el curso de la precedente catequesis, nos detuvimos en el artículo del Credo, mediante el cual proclamamos y confesamos a Dios creador no sólo de todo el mundo creado, sino también de las “cosas invisibles”, y nos ocupamos del temas de la existencia de los ángeles, llamados a pronunciarse por Dios o contra Dios, en un acto radical e irreversible de adhesión o de rechazo de su voluntad de salvación.
Siempre según la sagrada Escritura, los ángeles, en tanto que creaturas puramente espirituales, se presentan a nuestra reflexión como “una realización especial de la imagen de Dios”, Espíritu perfectísimo, como Jesús mismo lo recuerda a la Samaritana con estas palabras: “Dios es espíritu”. Desde ese punto de vista, los ángeles son las creaturas más próximas del ejemplar divino. El nombre que la sagrada escritura les atribuye nos enseña que la verdad más importante en la Revelación es aquella que concierne a las tareas de los ángeles hacia los hombres: el ángel (angelus) significa, en efecto, mensajero. El hebreo malak, empleado en el Antiguo Testamento, quiere decir más precisamente delegado o embajador. Los ángeles, creaturas espirituales, ejercen una función de mediación y de ministerio en las relaciones que advienen entre Dios y los hombres. Bajo ese aspecto la carta a los Hebreos dirá que a Cristo le fue confiado un “nombre”, y, por tanto, un ministerio de mediación, muy superior al de los ángeles.
En el Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento subraya, sobre todo, la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe como tributo de alabanza de parte del mundo creado. Los Salmos en particular son los intérpretes de esta voz, cuando, por ejemplo, proclaman “Alabad a Yahvé desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, todos los ángeles, alabadle todos sus ejércitos…”. De la misma manera, el Salmo 103: “Bendecid a Yahvé, todos sus ángeles, héroes poderosos, obreros de su palabra, atentos al sonido de su palabra”. Este último versículo del Salmo 103 nos enseña que los ángeles toman parte, de una manera que les es propia, en el gobierno de Dios sobre la creación como los “poderosos obreros de su palabras” según el plan establecido por la divina providencia. A los ángeles les fue confiado, particularmente, una atención y cuidado especiales frente a los hombres, por quienes presentan a Dios sus requerimientos y sus oraciones, como nos lo recuerda, por ejemplo el libro de Tobías, mientras que el Salmo 91 proclama: “Por ti dio orden a los ángeles […] ellos te llevaran sobre sus manos para que la piedra no dañe tu pie”. Según el libro de Daniel se puede afirmar que las tareas de los ángeles como embajadores del Dios vivo se extienden, no sólo, a cada hombre en particular y a los que despliegan encargos especiales, sino también a naciones enteras.
En el Nuevo testamento
El Nuevo Testamento pone en relieve las tareas de los ángeles respecto de la misión de Cristo como Mesías, y primeramente hacia el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, como leemos en el relato del anuncio del nacimiento de Juan Bautista, de Cristo mismo, en las aclaraciones y las disposiciones dadas a María y a José, en las indicaciones dadas a los pastores la noche del nacimiento del Señor, en la protección del recién nacido frente al peligro de la persecución de Herodes.
Más adelante, los Evangelios nos hablan de la presencia de los ángeles en el curso de los cuarenta días del ayuno de Jesús en el desierto y durante su oración en el huerto de Getsemaní. Después de la resurrección de Cristo, será también un ángel, bajo la forma de un hombre joven, que dirá a las mujeres precipitadas en el sepulcro y sorprendidas por encontrarlo vacío: “No se asusten. Jesús Nazareno, al que buscan, al Crucificado: ha resucitado, no está aquí […] vayan a decirlo a sus discípulos…”. Dos ángeles fueron vistos, igualmente, por María de Magdala, que fue favorecida con una aparición personal de Jesús. Los ángeles se “presentan” a los Apóstoles después de la desaparición de Cristo para decirles: “Hombres de Galilea, por qué se quedan viendo el cielo? Aquel que subió a los cielos, ese mismo Jesús, vendrá de la misma manera como lo han visto subir al cielo”. Son los ángeles de a vida, de la pasión y de la gloria de Cristo. Los ángeles de Aquel que, según la epístola de san Pedro “está a la derecha de Dios, estándole sometidos los ángeles, las dominaciones y las potencias”.
Si pasamos a la segunda venida de Cristo, es decir a la “Parusía”, constatamos que todos los sinópticos destacan que “el Hijo del hombre […] vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles”, lo mismo que san Pablo. Por lo tanto, se pude decir que los ángeles, como espíritus puros, no sólo participan, en la manera que les es propia, en la santidad misma de Dios, sino en los momentos claves rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica hacia los hombres. De la misma manera toda la Tradición y el magisterio ordinario de la Iglesia en el curso de los siglos, han atribuido a los ángeles ese carácter particular y esta función de ministerio mesiánico.
Los ángeles contemplan a Dios y lo alaban
(Juan Pablo II, Audiencia General, del 6 de agosto de 1986)
El tema que hemos presentado puede parecer “alejado” o bien “menos vital” para la mentalidad del hombre moderno. Sin embargo la Iglesia, proponiendo con franqueza la totalidad de la verdad sobre Dios, Creador incluso de los ángeles, cree hacer un gran servicio al hombre. El hombre nutre a convicción de que en Cristo, Hombre-Dios, es él (y no los ángeles) quien se encuentra en el centro de la Revelación divina. Entonces, el reencuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte en una preciosa revelación de su ser no sólo cuerpo sino también espíritu, y con su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y efectivo al interior de una comunidad de seres personales que, para el hombre y con el hombre, sirven al designio providencial de Dios.
Destaquemos que la sagrada Escritura y la Tradición llaman precisamente ángeles a esos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad eligieron a Dios, su gloria y su reino. Están unidos a Dios a través del amor total que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santa Trinidad. Jesús mismo lo dice: “Los ángeles en los cielos ven constantemente la cara de mi Padre que está en los cielos”. Este “ver constantemente la cara del Padre” es la manifestación más elevada de la adoración de Dios Se puede decir que constituye esta “liturgia celeste” realizada a nombre de todo el universo, la que se asocia incesantemente la liturgia terrestre de la Iglesia, en particular en sus momentos culminantes. Basta recordar el acto mediante el cual la Iglesia, cada día, y a toda hora, en el mundo entero, al comenzar la oración eucarística, en el corazón de la santa misa, recuerda a los “ángeles y los arcángeles” para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a esos primeros adoradores de Dios, en el culto y en el conocimiento amoroso del misterio inefable de su santidad.
Participan en la obra de salvación de los hombres
Siempre según la Revelación, los ángeles, que participan en la vida de la Trinidad en la luz de la gloria, están igualmente llamados a participar en la historia de la salvación de los hombres, en los momentos establecidos por el designio de la providencia divina. “¿Acaso no son espíritus encargados de un ministerio, enviados al servicio de aquellos que deben heredar la salvación? pregunta el autor de la carta a los Hebreos. Esto la Iglesia lo cree y lo enseña, sobre la base de la sagrada Escritura de la que aprendemos que la tarea de los buenos ángeles es la protección de los hombres y la preocupación por su salvación.
Encontramos esas expresiones en diversos pasajes de la Escritura, por ejemplo en el Salmo 91, citado varias veces: “Por ti ha dado orden a sus ángeles de guardar todas tus vías. Y te llevarán sobre sus manos para que la piedra no te hiera”. Jesús mismo, hablando de los niños y advirtiendo de no escandalizarlos, se refiere a “sus ángeles”. Atribuye, además, a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio divino en la condición de aquel que ha reconocido o negado a Cristo: “A quien que se declare por mi ante los hombres, el Hijo del Hombre, en su momento, se declarará por él delante de los ángeles de Dios; pero el que me haya negado frente a los hombres será negado frente a los ángeles de Dios”. Esas palabras son significativas porque si los ángeles forman parte del juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre. Interés y participación que parecen acentuadas en el discurso escatológico, donde Jesús hace intervenir a los ángeles en la Parusía, es decir en la venda definitiva de Cristo al fin de la historia.
Entre los libros del Nuevo testamento, son especialmente los Hechos de los Apóstoles los que nos dan a conocer los hechos que atestiguan la preocupación de los ángeles por el hombre y su salvación. Así, cuando el Ángel de Dios liberó a los Apóstoles de la prisión, primeramente a Pedro, que estaba amenazado de muerte por Herodes. O cuando guió la actividad de Pedro hacia en Centurión Cornelio, el primer pagano convertido, y de la misma manera la actividad del diácono Felipe sobre la vía de Jerusalén a Gaza.
El misterio de los ángeles guardianes y de los arcángeles
A partir de los hechos citados, a guisa de ejemplo, se comprende cómo en la conciencia de la Iglesia pudo formarse la convicción sobre el ministerio confiado a los ángeles a favor de los hombres. La Iglesia confiesa, pues, su fe en los ángeles guardianes, los venera en la liturgia con una fiesta especial, y recomienda el recurso a su protección mediante una oración frecuente, tal como la invocación “Ángel de Dios”. Esta oración parece apropiarse las bellas palabras de San Basillio: “cada fiel tiene cerca de sí un ángel como tutor y pastor para conducirlo a la vida”.
Finalmente, es importante destacar que la Iglesia honra a través de un culto litúrgico tres figuras de ángeles, que, en la Escritura son llamados por su nombre. El primero es Miguel Arcángel. Su nombre expresa y sintetiza la actitud esencial de los buenos espíritus. “Mica-el” significa, en efecto, “¿Quién cómo Dios?” En ese nombre se encuentra, pues, expresada la elección salvífica gracias a la cual los ángeles “venla faz del Padre” que está en los cielos. El segundo es Gabriel: figura ligada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios” o bien “poder de Dios”, como para decir que en la cumbre de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre todo poderoso. Finalmente, el tercer arcángel se llama Rafael. “Rafa-El” significa “Dios cura”. Se hace conocer por la historia de Tobías en el Antiguo Testamento, especialmente significativa respecto del recurso a los ángeles por parte de los hijos de Dios, que siempre tienen necesidad de defensa, se cuidado y protección.
Reflexionando sobre el asunto, se descubre que cada una de las tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El, refleja de una manera especial la verdad contenida en la pregunta del autor de la carta a los Hebreos: “¿Acaso no son espíritus encargados de un ministerio, enviados a servir a aquellos que deben heredar la salvación?” Todos participan en la protección de los hombres, para conducirlos por los caminos de la vida eterna; por eso podemos invocar su asistencia, como se hace con nuestro Ángel guardián. Sí, el pensamiento y el culto de los ángeles nos ayudan a acercarnos a Dios tres veces santo, inasible. Y con ellos lo veremos, también cara a cara en el Reino de los cielos.
Capítulo IV
Los ángeles guardianes
Compañeros dados a los hombres
(Pío XII a los peregrinos estadounidenses, 3 de octubre de 1958)
Después de un largo periplo han venido a Roma, madre amante de sus almas. Han atravesado el Océano y el Mediterráneo, visitando las villas y los santuarios ricos de santos recuerdos; han visto ya muchas cosas de este mundo. Y su viaje aún no ha terminado. La tierra y el cielo, las colinas y los valles, los centros de los diferentes países con sus monumentos antiguos y sus habitantes modernos, todo eso ya ha sido contemplado por sus ojos. Y cuando la noche misteriosa descendía sobre el mar inmenso, disipando del cielo la luz deslumbrante, la creación se extendía a sus ojos con las milicias celestes de las estrellas y de los planetas que se muestran para reflejar la gloria de su Creador. ¡Qué grande y bello, pensarían entonces, es este mundo visible!
Pero el mes de octubre es un mes donde esta visión se borra un momento, recuerdan a nuestro espíritu interior que hay otro mundo, un mundo invisible, pero sin embargo tan real como el que ven cerca de ustedes. Ayer, la Iglesia celebró la fiesta de los santos ángeles. Son los habitantes de ese mundo invisible que los rodea. Estaban en las villas que visitaban como los guardianes de la Providencia de Dios; fueron los compañeros de su viaje. ¿No dijo Cristo de los niños que fueron siempre tan queridos para su corazón puro y amante: “Sus ángeles en los cielos ven sin cesar la cara de mi Padre que está en los cielos”? ¿Y cuando los niños se hacen adultos, sus ángeles los abandonan? Ciertamente no. “Cantemos a los ángeles guardianes de los hombres”, decía la liturgia de ayer, “compañeros celestes que el Padre ha dado a su frágil naturaleza para que no sucumba a los enemigos que la acechan”. Este mismo pensamiento es recurrente en los escritos de los Padre de la Iglesia. Cada uno, por humilde que sea tiene ángeles para velar por él. Son gloriosos, puros, magníficos y sin embargo, les han sido dados como compañeros de camino, están encargados de velar cuidadosamente sobre ustedes para que no se aparten de Cristo, su Señor. Y no sólo quieren defenderlos contra los peligros que los acechan a lo largo del camino, sino que se mantienen de una manera activa a su laso, alentando sus almas cuando se esfuerzan por subir cada vez más alto hacia la unión de Dios por Cristo.
Amadísimos peregrinos, al recibirlos a comienzos de octubre, no podemos dejarlos sin exhortarlos brevemente a despertar y avivar su percepción del mundo invisible que los rodea – “porque las cosas visibles no existen sino por un tiempo, las invisibles son eternas”- y a mantener ciertas relaciones familiares con los ángeles que son tan constantes en su cuidado por su salvación y su santidad. Pasarán, Dios lo quiere, una eternidad de gozo con ellos; aprendan a conocerlos desde ahora.
¡Que los ángeles lleven nuestra oración hasta el pie del trono de Dios y puedan, por la intercesión de su gloriosa reina, traerles gracias innumerables de parte de su divino Salvador!
Solicitud de los ángeles hacia nosotros
(Juan XXIII. 2 de octubre de 1960, Discurso)
He aquí el 2 de octubre: la fiesta de los ángeles guardianes. En la audiencia general del jueves último, 29 de septiembre, fiesta de san Miguel arcángel, hemos esbozado las grandes obras del príncipe de la milicia celeste y de los otros arcángeles que la Sagrada Escritura nos hace conocer: Gabriel y Rafael. Nos proponemos, ahora, reafirmar cuán importante en toda vida cristiana es comprender, estimar y amar la presencia del Ángel guardián.
Sobre la fe de todo lo que enseña el Catecismo romano, recordaremos cuán admirable es la disposición de la divina providencia que confió a los ángeles el oficio de velar para que el género humano y cada ser humano no sea víctima de graves peligros. Al igual que en esta existencia terrestre, los padres, cuando sus hijos deben emprender un viaje erizado de obstáculos y de emboscadas, se preocupan de llamar cerca de ellos alguien que pueda tomar cuidado de ellos y ayudarlos en la adversidad; igualmente el Padre de los cielos, para cada uno de nosotros, durante nuestro viaje hacia la patria celestial, encargó a los santos ángeles que nos ayudaran y nos protegieran con solicitud con el fin de que pudiésemos evitar los obstáculos, remontar las pasiones, y bajo su guía no abandonar nunca la vía recta y segura que conduce al paraíso.
Ya en el Antiguo testamento, y precisamente en el libro de Tobías, se relata con un cuidado especial las indicaciones preciosas del ángel Rabel, sus consejos y sus intervenciones a favor del joven Tobías, de modo que su viaje se volviera fácil y libre de todo obstáculo.
Igualmente, en el Nuevo Testamento, encontramos la página luminosa y emocionante donde se relata el envío del ángel del señor cerca del príncipe de los Apóstoles, encerrado en una prisión en Jerusalén y los prodigios por los cuales fue realizada esta liberación.
Lo sucesores de san Pedro, siempre han tenido, manifiestamente, una asistencia especial del Señor. Pero también es una verdad cierta que todos y cada uno, estamos confiados a la solicitud de un ángel. De ahí la viva y profunda devoción que todos debemos tener hacia nuestro Ángel guardián y que debe hacernos repetir la dulce oración que aprendimos en los días de nuestra infancia.
Podemos agregar que, accediendo al poder supremo, hemos, según la costumbre, cambiado nuestros nombres de Ángel José por el de Juan, que no fue usado por ningún papa durante cinco siglos. Sin embargo hemos conservado el primer nombre, el de Ángel.
¡Que la devoción a los santos ángeles nos acompañe, pues, siempre! Durante nuestro peregrinaje terrestre, ¡cuántos riesgos no habremos de afrontar, sea de parte de los elementos de la naturaleza, sea de la cólera de los hombres sumidos en el mal! Ahora bien, no lo olvidemos nunca, invoquémosle siempre.
Siempre a nuestro lado en la ruta
(Juan XXIII, 9 de agosto de 1961)
Estos encuentros que se suceden en Roma y aquí en la residencia de verano del “Castello”, y sus innombrables hijos espirituales, constituyen u motivo de dicha y de emoción profunda. Lo son igualmente al mediodía, los domingos y días de fiesta, cuando suena el Ángelus, Continúan la evocación del diálogo entre el Mensajero celeste y la dulce Madre de Jesús y nuestra Madre, que resume el más alto misterio de la vida y de la historia – diálogo seguido de la dulcísimo invocación: Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis – que hace nacer en el corazón una ternura, una exaltación que son ya como una degustación del paraíso.
En realidad, estamos hechos de tierra, los hijos del hombre, pero todos aspiramos al cielo.
Nuestra vida es un peregrinaje que nos transporta de un punto al otro del globo terrestre. El término de nuestro viaje resplandece en el cielo y es el paraíso para el cual hemos sido creados; y nuestros años, los años de cada uno, se suceden rápidamente sobre las diversas rutas que surcan el mundo habitado. Vivir, es moverse, es encontrarse… Desgraciadamente este encuentro no siempre es sereno y dichoso; a menudo es un choque terrible y funesto.
¿No es cierto que nunca se llegará, como en nuestra época, a tal perfección de medios eficaces y rápidos para alcanzar ese viaje sobre las vías de la tierra, del mar y de los cielos? Para también es igualmente frecuente y doloroso tener que constatar que el viaje termina en tragedia de muerte y lágrimas.
En efecto, tenemos delante de nosotros las estadísticas impresionantes de los muertos y de los heridos en accidentes de tránsito, que alcanzan casi numéricamente los desastres de las guerras de tiempos pasados.
Los progresos de la ciencia y de la tecnología colocan, pues, a la humanidad ante un problema inesperado, que se agrega al gran y terrible problema de las inquietudes humanas actuales, cuya solución parece incierta y amenazadora.
Ahora bien, queridísimos hijos, permítannos ahora, para recordar los deberes de conciencia concernientes a los peligros de la ruta, indicar, según la doctrina de la Iglesia, una protección celeste segura y preciosísima, que representa uno de los puntos resplandecientes de la enseñanza cristiana: es decir la intervención de las falanges angélicas, creadas por Dios para su servicio y enviadas por la Santísima Trinidad para la protección de la Santa Iglesia, de sus hijos del mundo entero.
Esta protección es, en el uso de la buena vida cristiana, una devoción que ocupa, en el espíritu de aquel que sabe penetrarla bien, un lugar de honor especial y es un motivo de suavidad y de ternura.
Permitan que nuestra voz, que se ha elevado para una advertencia paternal y emocionada a favor de la vida humana, de toda vida, de las suyas y de las otras, reencuentre aquí, hacia el fin de nuestra simple conversación, las primeras notas del lenguaje angélico, que estamos felices de repetir con el acento más emocionado, como el del Angelus.
La evocación de los espíritus sublimes, que la solicitud vigilante del Padre celeste colocó y coloca al lado de cada uno de sus hijos, infunde dicha y coraje.
Los ángeles del señor escrutan, en efecto, el fondo de nuestro corazón y querrían hacerlo digno de favores divinos.
A ellos fue igualmente confiada la labor de guiar nuestros pasos. Y ¿cómo este pensamiento no podría suscitar una justa emoción delante del espectáculo, casi cotidiano, de la sangre que baña las rutas y clama piedad al cielo por tantas vidas humanas preciosas, de vidas jóvenes llenas de promesas, truncadas inútilmente e inconsideradamente?
Por esto, nuestro sentimiento de viva caridad paternal nos ha sugerido dar una resonancia especial a la invocación de los santos ángeles guardianes. Su presencia penetra y envuelve toda la historia de los siglos: al lado de nuestros primeros padres, luego guías del pueblo elegido, de sus reyes y profetas, hasta Jesús mismo y a sus Apóstoles.
¿La llamada suplicante a la intervención de los ángeles, encargados de velar sobre nuestra infancia y nuestro peregrinaje – a toda edad y en toda circunstancia de nuestra vida y de nuestra acción- no creen que logrará tocar a aquel que está fascinado por la velocidad, al punto de imponer finalmente el respeto absoluto y universal de las leyes que regulan el tráfico?
La dulce y ferviente penetración de la piedad hacia los ángeles quiere decir ser propicia a los pensamientos, a las voluntades, a las fuerzas mismas de la técnica, que una emulación mal entendida y una búsqueda se superioridades pueden conducir a la ruina.
Por eso, nuestro deseo es que se aumente la devoción hacia el Ángel guardián. Cada uno tiene el suyo y puede conversar con los ángeles y sus semejantes.
Juan XXIII a los jóvenes 10 de septiembre de 1961
Es necesario que siempre sea recordada y alentada la oración cotidiana, incluso en toda circunstancia de la jornada, a su Ángel guardián, de tal suerte que cada cual pueda no sólo estar protegido contra los peligros del alma, sino también defendido contra los accidentes que, desgraciadamente, suceden tan frecuentemente sobre los caminos, en el mar y en el aire.
Nuestros deberes frente a los santos ángeles
(Pío XI a los niños, 2 de septiembre de 1934)
San Bernardo, el devoto de María, el amigo del Corazón de Jesús es también, se puede decir el chantre, el heraldo de los Ángeles guardianes. El santo doctor dice a cada niño, a cada ser humano que tiene un ángel, que jamás debe olvidar ese compañero de vida y rendirle “el respeto por su presencia, la devoción por su benevolencia y la confianza por su buena guardia”. El ángel de Dios nos acompaña, en efecto, con su presencia, y nos defiende con su buena guardia: Ves enseguida las disposiciones con las cuales san Bernardo nos sugiere tan bien responder a semejante bondad:
“El respeto por la presencia”. No hay que olvidar jamás la presencia del Ángel guardián, de ese príncipe celeste que jamás debe enrojecer ante nosotros. Justamente el gran doctor agrega, explicando el sentido de ese deber de respeto, y hablando de sí mismo: “No hagas en presencia del ángel lo que no harías en presencia de Bernard”. De la misma manera, estos queridos niños no deberían nunca hacer nada que pudiese ofender al ángel que tiene cuidado de su persona, no hacer lo que no harían delante del papa, delante de su propio padre y su propia madre, ni tampoco delante del más humilde de sus compañeros. Y es bueno recordar, siempre a este respecto, lo que agrega el mismo san Bernardo cuando, jugando con las palabras, agrega enseguida que en todo ángulo se encuentra un ángel”: en todo lugar, en todo momento el ángel está presente. Por tanto, “el respeto por la presencia; es decir una continencia siempre respetuosa y diferente, un homenaje conforme a la dignidad del cristino, templo del Espíritu Santo, amigo de Jesucristo, admitido a la comunión del Cuerpo y la Sangre divinos después de haber sido regenerado por el agua del bautismo, en esa sangre preciosísima.
“La devoción por la benevolencia”. El ángel guardián no sólo está presente, sino su compañía desborda de ternura y de amor; lo que requiere además de nuestra parte, respecto de él, un amor hecho de ternura, es decir la devoción. La devoción agrega algo a la piedad filial, incluso a la que se experimenta y se muestra hacia Dios. Una piedad devota quiere decir una piedad delicada que trae consigo la donación de toda el alma, de todo el corazón. El ángel de Dios está siempre con nosotros, en nuestra vida, con su solicitud y su afecto excepcional. Por lo tanto, hay que serle devoto: no solamente rendirle afecto por afecto, sino devoción. La devoción se actualiza en la práctica de cada día, invocando su ángel al principio y al fin de cada día. Los invitamos, queridos niños, imitar en este punto al papa. Al principio y al fin de cada día de su vida, invoca a su Ángel guardián; y a menudo renueva esta invocación a lo largo del día, especialmente cuando las cosas por hacer son un poco complicadas y difíciles, lo que ocurre a menudo. Ahora bien, tiene que decir, siempre por deber de reconocimiento hacia su Ángel guardián, que se siente siempre asistido por él de manera admirable, aunque una gratitud particular viene a asociarse a otros tantos motivos por los cuales se siente deudor respecto del espíritu celeste que lo asiste. A menudo ve y percibe que su ángel está ahí, cerca suyo listo a asistirlo, a ayudarlo. Es igualmente lo que hacen los ángeles de todos estos queridos pequeños: siempre presentes, siempre amantes, siempre vigilantes. De ahí, repitámoslo, la necesidad de recurrir frecuentemente a ellos con devoción.
“La confianza por la buena guardia”. Saberse guardado por un príncipe de la corte celestial, por uno de esos espíritus elegidos, de los que el Señor –hablando propiamente de los niños- ha dicho que ven siempre la Majestad de Dios en el esplendor del paraíso, lo que no sólo inspira respeto y devoción sino también suscita la mayor confianza. La confianza, que es bien distinta de la audacia terrestre, es necesaria y debe sostener, especialmente cuando el deber es difícil y se encuentra abrumador el conjunto del buen propósito. En ese momento, de manera más acentuada, se debe esperar la ayuda, la defensa y la guarda de los santos ángeles; y verdaderamente en ese sentimiento de confianza, se destaca además y de manera más evidente la necesidad de la oración, que es precisamente la expresión auténtica y espontánea de la confianza.
Y de nuevo insistimos con gran solicitud paternal en la necesidad del respeto, del amor y de la oración confiada por parte de los niños católicos hacia sus propios ángeles bajo la conducción y según la sublime invitación de san Bernardo.
Apropiándonos de esta palabra del santo, que hemos tenido la suerte de encontrar en los comienzos de nuestra vida, hemos podido conocer y sentir la luz benéfica. Contribuyó con todo lo que pudimos realizar por la gracia divina en nuestra vida. Y seguramente a él le debemos el apoyo y la confianza necesarios para todo el tiempo de existencia que plazca a Dios concedernos todavía. Por eso deseamos tanto y deseamos que ese sea el programa luminoso de la vida de estos niños privilegiados, gracias al cual podrán ser siempre dignos de la presencia continua, a su lado, de un príncipe celeste; siempre tiernamente devotos a este amigo tan fiel, tan grande, y siempre estado de gozar y de beneficiarse de su guarda benefactora y sabia.